lunes, 2 de enero de 2012

OTRA NAVIDAD

JAUME PATUEL i PUIG,

¡Otra Navidad! puede exclamarse con tonalidades emotivas diferentes. La primera con un tono de gran fiesta, la que se celebra una vez al año. Todo fiesta. Todo alegría. Todo regalos. Todo cantos. Y pasada la fiesta, todo sigue igual. La segunda también con un tono de mucha depresión. Todo tristeza. Fiestas insoportables. Y pasados estos días, todo sigue igual. Las dos son desproporcionadas, se desmarcan de la normalidad. Las dos dejan de lado la profunda significación que tiene esta fiesta, que es del día a día.
Empiezo así porque volver a escribir –como cada año- no resulta fácil si se quiere decir alguna cosa nueva en ocasión de esta fiesta. Y decir algo nuevo, lo veo imposible. La forma de decirlo, tal vez no.
Mi intención es ayudar a comprender la Navidad o el Nacimiento o Luz interior o Sol emergiendo que cada uno lleva en su vida o cada ser humano tiene en su profundidad cuando uno al mismo tiempo es esa Profundidad interior. Navidad es nacimiento de la luz que cada día a través del sol se manifiesta. En la oscuridad hay luz sino no habría obscuridad. Las nubes esconden el sol, pero no lo hacen desaparecer. O la Divinidad encarnada en un Niño según la tradición de cristiandad. Otras culturas lo han expresado en diversas mitologías. Un Niño, un Sol, un Astro, un Personaje, un Camino que ilumina, orienta, indica. Está afuera y a dentro al mismo tiempo. En otras palabras, nuestro mundo interno como el externo.
Navidad, el nacimiento diario que cada uno experimenta cuando al despertarse puede ver o contemplar la luz del alba o el sol naciente. Luz que puede estar a veces tapada por las nubes de las dificultades del día a día, por el dolor, por las tribulaciones. Pero siempre, sin ninguna clase de duda, detrás de las nubes, junto a la oscuridad, siempre hay el Sol, la Luz. El nacimiento de otro día, de otro momento. La vivencia de sentir la hondura de cada uno que lleva a amarse y amar.
Sol, Luz, Personaje mítico que da calor como es el afecto que se da o se recibe. Los buenos días que se desean. La fantasía que se cultiva. El silencio que se hace al levantarse. El abrazo que se da o se recibe de la compañía tenida. El beso dado o recibido por los demás. O la sonrisa interior en una soledad, fuerte y terrible; a veces, casi depresiva o melancólica.
Otra Navidad es lo mismo que decir también otro día al abrir los ojos y ver que aún se vive aunque a veces se quisiera haber muerto. La hondura o la profundidad de cada uno, fruto de una labor interior silenciosa, de un pensamiento constructivo y sobre todo de haberse autodescubierto que nuestra realidad más que una forma es una transformación, una manifestación de un fondo universal, cósmico. Esto pide respeto a la Naturaleza.
Otra Navidad es tomar consciencia de una red real, existente, pero invisible de nuestra vida. Lo esencial es siempre invisible decía Antoine de Saint Exupéry en su famoso librito El pequeño príncipe. Eugen Drewermann, teólogo y psicoanalista, ha hecho una profunda lectura psicoanalítica de ese pensamiento en su libro Lo esencial es invisible. No es ninguna creencia o dogma, sino vida. Confianzas y fe en la certeza de la Hondura que es el ser humano.
Y esta realidad no es monopolio de ningún grupo, de ningún poder, de ninguna ideología, de ninguna cultura. Este Real está en todas y en todos. Es cósmico. Sencillamente “Es”. Sencillamente no yo soy, sino “soy”. No nosotros somos, sino “somos”. Sin sujetos explícitos gramaticales.
Es suficiente en abrir el ojo interior. El tercer ojo. Hacer caso a la intuición, fruto de los tres cerebros que tenemos. Por encima del conocimiento racional y emocional, hay otro que es más profundo. De ninguna manera significa que los dos primeros queden desbancados, sino todo lo contrario. Tienen que analizar y no desechar la intuición que tenemos. Auscultar el ruido silencioso de la Hondura del Hontanar.
Entonces, podemos ver y constatar la importancia de los rituales, no del ritualismo. La reunión o celebración familiar: Por navidad dichoso el que en su casa está como dice el refrán. Tiene mucho sentido, siempre que el mundo emocional armonice el encuentro de los seres queridos con los regalos adecuados, pedagógicos, didácticos, placenteros. Y todo el mundo alrededor de la mesa donde la gastronomía tiene su buen papel, reflejo del compartir. Fiesta en que el amor da placer y también vidas.
Y nada de esto debe impedir profundizar, antes todo lo contrario, que Navidad sea de búsqueda. El nacer de cada día a la búsqueda de lo profundo. Esa búsqueda nos da a conocer este otro acceso a lo Real, a la Ultimidad, a la Inefabilidad, a la Deidad, a lo Absoluto. El acceso no de las necesidades sino de la contemplación. Dos alas para volar. Satisfacer necesidades y al mismo tiempo contemplar: Navidad es nacimiento y fiesta. Sí, de un infante muy especial, pero básicamente del Infante que hay en el interior de cada uno de nosotros, de todo ser humano. Infante que simboliza nuestra Unidad con el todo. La gran canción, muy conocida, cantada cada en tiempos de guerra: Noche de paz... es la búsqueda que todo ser humano hace de la vida a pesar del mismo humano. Una búsqueda que lo lleva a entonces a un nivel de consciencia global, integrador, que le permite transcender la visión miópica de la razón. La racionalidad no puede ni debe querer explicarlo todo. Dice bien claro Blaise Pascal, (1623-1662), filósofo francés: Hay razones que el corazón tiene y la razón no comprende.
Y concluyo deseando a la persona lectora: Otra Navidad muy feliz donde reine la vida integral y llena en todo ser humano, en el nacer de cada día.

¿LA NAVIDAD ES HOY UNA BUENA NOTICIA PARA LOS POBRES?


MIGUEL ESQUIROL VIVES,
La Navidad para muchos es una fiesta de abrazos y regalos, para otros una fiesta de familia, para otros una fiesta de negocio, para otros un exceso de consumo, para otros una fiesta religiosa. Quizás de descarga de las pesadas conciencias de muchas empresas, con el propósito de sacar tajada de su generosidad. Y para la ciudad es un mes de apabullante publicidad, para obligar a comprar y comprar, para vender más y más.
Pero con todo eso no sabemos si hemos perdido el rumbo o es simplemente ignorancia o puro oportunismo de muchas empresas, de tiendas y supermercados. Pero lo que sí es verdad es que la navidad es a una de las fiestas más explotadas por el sistema económico que impera, sobre todo en occidente.
En las iglesias se repiten los mismos discursos sin mayor trascendencia, que de tanto oírlos resbalan como el agua entre las manos o en la arena del desierto. Y sin embargo algo tuvo que pasar con aquel nacimiento para que todavía dure su eco aunque desfigurado por el tiempo y las aguas. Algo que cambió no sólo la historia y el calendario, con un antes y después de Cristo, sino que cambió la historia de mucha gente y con repercusiones sociales de mucha trascendencia, aunque en su nombre también se hayan hecho muchos atropellos, guerras, masacres, torturas y abusos contra personas y pueblos enteros, y que todavía se siguen haciendo como hemos dicho más arriba.
Desde una visión de fe en el Misterio del que participamos todos quiero decir esta palabra, sin enseñanzas ni discursos, sólo con las palabras de Jesús cuando proclama su misión en la sinagoga de Nazaret con las palabras del libro del profeta Isaías: “El Espíritu del señor está sobre mí. Me envió a traer la buena noticia a los pobres. A anunciar a los cautivos la libertad y devolver la vista a los ciegos; a despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor”.
El año de gracia del Señor era la devolución de las tierras adquiridas por los ricos de los pobres, que por necesidad tuvieron que vender durante los 50 años anteriores. Y la liberación de los esclavos comprados por deudas no pagadas. Y el pasaje termina: “Al oír estas palabras todos los que estaban en la sinagoga se enojaron mucho. Se amotinaron y lo arrastraron fuera de la ciudad, llevándolo hasta un barranco del cerro en el que estaba construida la ciudad, para arrojarlo desde ahí. Pero él, pasando en medio ellos, siguió su camino” (Lucas 4, 14-30).
Muchos profetas como Jesús han perdido la vida, no hace muchos años en Latinoamérica por anunciar estas buenas nuevas a los pobres, voces que nos siguen diciendo que mientras no se den buenas noticias a los pobres y se haga algo de verdad para luchar contra la pobreza, se está desvirtuando la Navidad, si negar las buenas intenciones de estas fechas y las buenas voluntades de muchos de nosotros, pero no parece suficiente.
El año de gracia se anuncia hoy cuando los indígenas, las comunidades campesinas, los señalados y proscritos por su orientación sexual, las mujeres segregadas por su condición sexual y tantos otros y otras se atreven a pronunciar su palabra para defender su dignidad. ¿La Navidad de este 2011 será una buena noticia para los pobres?

UN DÍA DE GRACIA

Saponificando las grasas
JOSÉ MORENO LOSADA.
Hoy ha sido un día de gracia, sí de esos de “propina” que dice mi madre, y no tanto por las horas de la jornada que han estado cifradas y marcadas como todos los días, sino por la gracia de su contenido; un día de sol espléndido hacía que al salir de casa y encaminarme por la carretera fuera a una velocidad tan tranquila que en alguna línea continua, cuando me he dado cuenta, he pensado que estaba molestando a los que me seguían, aunque creo que estaban tan seducidos como yo al mirar las encinas taladas, con su leña en el suelo, la viñas ya podadas, los árboles frutales queriendo alumbrar la vida que se gesta en el interior salvándose del frío, los sembrados estallando en su verde primigenio y todo brillante y claro por un sol de primavera que se enseñoreaba en el invierno imponiéndose y no permitiendo la niebla de ningún modo. Todo un lujo de placer y de gracia. El camino era hacia un pueblecito, “San Rafael de Olivenza, donde viven Jesús y Angelines, hace unos días nos llegó la invitación a esta jornada, la excusa era la “saponificación de las grasas”, a hacer jabón en lenguaje de toda la vida, pero el ingeniero químico le da altura de ciencia al quehacer de lo diario. Lo habían dicho a bastantes y al final nos hemos podido juntar quince personas, unos ya conocidos y otros nos hemos conocido hoy. Todos tienen que ver con esta pareja y de algún modo todos tenemos que ver con todos, y a partir de ahora más, porque nos lavaremos con el mismo jabón y tendremos hasta el mismo olor. Cada uno aportábamos poca cosa: un litro de aceite usado, del inservible, y dos cajas de tetrabrik vacías para el laboratorio improvisado en el patio de la casa, que como la de todos los pueblos es amplio y acogedor, con pequeño huerto y todo.
Allí el lebrillo, sobre una mesa de laboratorio improvisada, con los aderezos propios para el quehacer transformador de las grasas insanas en jabón base, así como de uso cosmético : sosa caústica, aceite de coco y almendra dulce, cacao caducado. Los aceites habían ya pasado un proceso de transformación siendo purificados con carbono sacado de la chimenea que calienta la casa. A partir de ahí según llegábamos todos nos acercábamos a la pizarra explicativa de todas las teorías y de los pasos de los que íbamos a ser testigos y partícipes de algún modo, sobre todo con bromas y risas fruto de la ignorancia, y comenzamos a ver el proceso transformador: el color, el olor, y los cambios que iban produciendo hasta que se llegaba a ese producto que a base de materiales totalmente naturales mostraba ya belleza y atractivo, y con el que nos comenzaba a unir cierta familiaridad, y no sólo por ser testigos activos de su proceso y haber aportado el aceite usado de nuestras cocinas del cada día, sino porque el propio ambiente que se ha creado, totalmente gratuito , nos llenaba de paz y serenidad, así como descanso en medio de las tareas estresantes que en la vida diaria nos agotan y a veces nos agobian. El simple hecho de estar allí en esta actividad y en este encuentro sin otro interés que el encuentro, la paz, el descanso, la comunidad, la vida compartida y relajada, estaba transformando nuestra tensión en algo de disfrute y de sanación tranquila y amable entre amigos.
Tras el laboratorio, la comida compartida, la ensaladilla de Angelines, así como las carnes que hechas a la brasa, nos dan otro sabor y otro saber, es comer desde y para el encuentro, aquellos que los romanos llamaban “convivium”, vivir juntos, todo excusa para sólo eso, para la vida sin más aditamentos artificiales, todo natural.
Era como una preparación para el sentido de la Nochevieja y del Año nuevo:
o De lo viejo y lo inútil puede salir la vida. “Nada debe ser despreciado porque todo puede ser transformado y ser medicina aquello que enfermaba”.
o La purificación y la poda llevan a mejor vida. “La transformación para lo mejor y lo más bello, tiene un coste de entrega y de disciplina que duele pero acaba legrando el alma”.
o El crisol es difícil y lento pero acaba dando mejor color y mejor vida. “El crisol de la existencia se da en la propia vida, se trata de vivir todos los momentos en claves de la búsqueda sabiéndole sacar lo mejor a lo peor, y lo positivo a lo negativo”.
o La más importante es la base, eso es lo que limpia , purifica y sana. “Nada hay más importante que una relación constructiva, sana, auténtica, transparente, propositiva; sobre ella todo es posible, sin ella, todo acaba en nada”.
o La cosmética en la vida: adorna, anima, ilusiona, agrada, potencia… y cuesta tan poco: “Recobrar la ternura y la misericordia en la vida será el mejor lenitivo para una humanidad dolorida y desilusionada, unos en medio de la pobreza y otros en medio de la opulencia, porque no hay mejor camino para la riqueza que la generosidad y la gratuidad”.

BIZCOCHO ESPECIAL PARA EL NUEVO AÑO

Ingredientes imprescindibles:
· 12 cucharadas soperas de cariño.
(Ni una más ni una menos, si no, se podría cortar y os estropearía el postre).
· 11 cucharadas de abrazos.
(Pequeñas, de café; pensar que es una por persona, de la marca “Pechito con pechito”; se ha comprobado científicamente que una cucharadita de abrazo al día, como mínimo, te da fuerza para emprender con ánimo el nuevo día).
· 10 gramos de amabilidad.
(Es un ingrediente que endulza la vida, no engorda y nos hace sentir bien).
· 9 pizcas de generosidad.
(Ayuda a echar una mano cuando te necesitan, a no escurrir el bulto, a descubrir que te sientes mejor al dar que al recibir).
· 8 cucharadas grandes de tolerancia.
(Bien cumpliditas; utilizar tolerancia de marca, no de la de cumplir; ayuda a combatir los virus de la intransigencia, la obcecación y la tozudez).
· 7 tacitas pequeñas de diálogo.
(No es algo que se encuentre con facilidad en el mercado, ni habitualmente en nuestras casas, pero le dará consistencia y buena presencia al bizcocho).
· 6 puñados de harina, marca “alegría”.
(Imprescindible para que resulte con gracia; no quitar los posos del contento, el gozo ni de la animación: dan un sabor muy agradable).
· 5 puñados de semillas de esperanza.
(No pasa nada si se equivoca uno y echa alguno más, siempre es mejor que sobre, que no que falte).
· 4 cucharaditas de convivencia.
(Pero que sea de calidad; ni una más, ni una menos, lo justo, porque si no, nos empachará).
· 3 chupitos de orujo de hierbas, gallego, marca “simpatía”.
(Al meterlo en el horno el alcohol se evapora, pero lo deja todo empapado con su sabor y quien lo prueba le encanta y pide la receta para hacerlo cada semana).
· 2 cucharadas cumplidas de cuidado.
(También es imprescindible este ingrediente, sin él, el bizcocho se echará a perder, pero no echar más de la cuenta, porque se puede estropear por exceso de agobio).
· 1 dedito de perdón.
(Puede ser a lo ancho o a lo largo, según se necesite; vital para que el bizcocho se pueda comer en cordialidad y placer, sin el perdón se agriará y no se podrá degustar en común).
Mezclarlo todo con salero y añadir un buen chorro de humor (que lo endulza bastante y deja un muy buen sabor de boca). Espolvorear con generosidad amor glasé, que le dará una presencia deliciosa y añadir chocolate puro de ternura. ¡Ah! y adornarlo con unas guindas de sinceridad, color rojo-pasión.
Hornearlo a fuego lento, para que no se queme y adquiera la consistencia deseada, así os durará bastante. Quienes lo prueban repiten y se les queda un regusto de felicidad.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Adviento 2011

ADVIENTO: CAMINO DE ESPERA Y ESPERANZA
JOSÉ GALLARDO ALBERNI, josegallardoalberni@gmail.com
EL PUERTO DE SANTA MARÍA (CÁDIZ).
ECLESALIA, 25/11/11.-Se aproxima el adviento. Se le puede poner muchos adjetivos. Primero es “camino”, es decir, movimiento, dinamismo, no estancamiento, no rutina, no inercia. Son palabras que todos los años nos proponemos, pero nos cuesta cumplir. Ese camino que hacemos andando tenemos que hacerlo juntos: acompañados por el hermano, pero con la meta en él, es decir, en Dios.
Flaco favor le hacemos a los demás y a nosotros mismos si nuestro adviento se reduce a la celebración litúrgica. Se quedaría en algo externo, superficial, en el sacrificio, evocando las palabras del profeta Oseas: misericordia quiero, no sacrificio (Os 6, 6)
Si recordamos las palabras de Jesús en el último domingo del tiempo ordinario (cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis), el amor al prójimo es exactamente igual al amor de Dios. Por tanto, lo que no hagamos por los necesitados, por los que sufren, por los perseguidos, por los oprimidos, no lo hacemos por Dios. Esas palabras tan radicales nos urgen a que el camino del adviento lo recorramos, lo vivamos de forma activa. Con el hermano en el centro (luego con Dios en el centro). Esas palabras de Mateo son nuestro mapa para el camino; nuestro bastón será el amor de Dios, que damos a los demás.
¿Qué esperamos en este adviento? ¿Qué debemos esperar? Esperamos al Dios hecho hombre, al Dios como nosotros, al Dios sufriente, al Dios cercano, al Dios que es amor.
Para ese acontecimiento tan trascendental en nuestra vida no solo debemos prepararnos en este adviento sino que toda nuestra vida debe ser un viaje de preparación. Pero con la suficiente madurez como para no poner como excusa ese viaje. Para no escudarnos en una eterna preparación. Un viaje es un medio, no un fin. El fin es la llegada, la meta, donde nos esperan paisajes maravillosos, experiencias maravillosas, personas maravillosas. ¿Cómo nos preparamos? No solo litúrgicamente sino estando al lado del que sufre. Estando al lado del necesitado estaremos al lado de Dios, preparados para lo que nos pida, para lo que necesite de nosotros.
Igual que el camino del adviento es un camino activo, la espera también tiene que serlo. Es decir, una espera con esperanza. Si nuestro mapa es el evangelio y nuestro bastón el amor de Dios, nuestra ropa para ese camino es la esperanza. Una ropa maravillosa que Mateo compara con los lirios del campo. ¿A qué si no se refiere el evangelista? ¿Qué es ese mandato de no preocuparse de nada sino tener esperanza?
Esperanza no solo en un paraíso futuro en el que no haya lágrimas ni llantos. La esperanza evangélica es en el prójimo, en el hombre. Esperanza en que este mundo (formado por hombres) es posible que sea mejor. Esperanza en que nuestra participación en este mundo va a ser fructífera, duradera y merecedora de nuestro esfuerzo.
La esperanza teórica no sirve para nada. La esperanza tiene que adaptarse a nuestro cuerpo, ser cómoda, tenemos que estar cómodos con ella, tiene que ser duradera, de calidad.
Con estas vestiduras, dignas del mismísimo Apocalipsis, con estos ingredientes, estaremos preparados para el viaje de nuestra vida. Una vida a ser vivida en común, compartiendo bienes, amores, generosidades, alegrías, sufrimientos,… Una vida compartida y vivida con el otro, con el otro como centro, con Dios en el centro.

viernes, 15 de abril de 2011

En camino con Cristo hacia la Pascua

Jesús, la Iglesia, los pobres, van camino de la Pascua.
Su noche se hace ahora dura oscuridad. Es la última etapa de su “abajamiento” hasta la muerte, hasta la cruz.
Esta vez la tempestad no se calma, y la barca se hunde. Esta vez la muerte no retrocede, y el espíritu ha de ser entregado. Esta vez, el hombre queda solo con el misterio de Dios. En la cruz, con el crucificado, queda la noche de la fe.
El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor es nuestra primera celebración del éxodo de Jesús desde este mundo al Padre.
“En este día, la Iglesia recuerda la entrada de Cristo en Jerusalén para consumar el misterio pascual”.

“Bendito el que viene en nombre del Señor”:
Entonces era la gente que iba con Jesús la que gritaba: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Hoy lo proclamas tú, Iglesia convocada a la celebración anual de los misterios de la Pascua.
Entonces lo decían quienes habían reconocido en Jesús de Nazaret la imagen del Mesías esperado. Hoy lo proclama la comunidad de los discípulos que el Mesías ha llevado consigo desde la esclavitud a la libertad.
Entonces, la multitud de los que iban con Jesús, no sólo lo aclamaban, sino que, a su paso, unos “extendían sus mantos por el camino”, otros “cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada”. Hoy, porque recuerda la libertad que ha recibido y hace memoria del Rey que se la ha dado, la comunidad de los discípulos, la asamblea de los pobres, agita ramos de olivo en sus manos y, con el manto de la fe, alfombra el camino del que ha venido “en nombre del Señor” para ser su salvador, su redentor, su liberador.

Anonadamiento:
Deja, Iglesia de Cristo, que el profeta te lleve de la mano al conocimiento del misterio, y “mira a tu Rey, que viene a ti, humilde”. Instruida por su palabra, podrás ver en Jesús de Nazaret, pobre y humilde, el sacramento de la salvación que te visita.
“Mira a tu Rey”: Humilde fue su nacimiento, humilde lo has visto que aprendía en Nazaret, humilde lo has visto trabajar por la redención de todos, humilde lo ves ahora que viene a ti, “montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”, humilde lo verás que pende en el árbol de la cruz, fruto misterioso que la caridad de Dios ha madurado para que vivas.
El profeta te dice: “Mira a tu Rey que viene a ti”; y la fe entiende que tu Rey viene por ti, viene para ti, viene porque te ama.
“Mira a tu Rey”: El profeta lo dice “humilde”, y tú, aleccionado por el Espíritu, entras en el misterio de esa humildad. Viene “humilde” tu Rey, pues viene en tu condición humillada, en tu humanidad, en tu pequeñez. Viene “humilde” tu Rey, pues, al encarnarse el Hijo de Dios, hizo suyo para llevarlo él, lo que llevábamos nosotros porque era nuestro: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron”.
“Mira a tu Rey”: No viene a ti con legiones de ángeles, tampoco con legiones de soldados; viene a ti ungido para evangelizar a los pobres, para proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista, para anunciar el año de gracia del Señor.
“Mira a tu Rey”: Verás a tu salvador, verás que vine a ti tu redentor, y aclamarás a tu Señor, a tu Dios.

Plenitud:
Has entrado en el misterio de lo que Cristo ha recibido de ti. Considera ahora lo que tú has recibido de él.
Algo muy grande ha de ser, pues con solo haberlo visto en la pequeñez de un niño, tomándolo en brazos, el justo Simeón bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu salvador”. Grande es sin duda lo que llena la vida de un hombre, sus deseos, sus esperanzas; pero grande hasta la plenitud ha de ser lo que cumple las esperanzas de todos, todos los deseos, todas las promesas.
La gente que, subiendo a Jerusalén, iba aquel día delante y detrás de Jesús, reconoció en él al Rey mesiánico que llegaba a Sión. Allí donde los ojos sólo ven a un hombre pobre y humilde; la fe contempla al Mesías justo y triunfador, que suprimirá carros y caballos para el combate, que romperá el arco guerrero, y proclamará la paz a los pueblos. Por eso la gente lo aclama: _ ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo! Aclaman por lo que ven, por lo que se les ha revelado, por lo que creen, por lo que la fe les permite esperar.
Pero a ti se te han manifestados misterios que el justo Simeón no pudo conocer, y que las gentes que iban con Jesús no pudieron sospechar. Tú has bebido en Cristo un agua que salta hasta la vida eterna. Tú has sido iluminado en Cristo por la luz de Dios. Tú has resucitado con Cristo a vida nueva. A ti se te ha concedido creer y renacer por el agua y el Espíritu para ser hijo de Dios. Por eso aclamas: _ ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!

Que el hombre no separe lo que Dios ha unido:
En aquella ocasión, a quienes le preguntaban por matrimonio y divorcio, Jesús les respondió: _ ¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.
“Es éste un gran misterio”, escribió el apóstol Pablo, y añadió: “Y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”.
Es éste el misterio de comunión que consideraba el obispo Agustín cuando, en sus comentarios sobre los salmos, escribió: “No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros suyos, de forma que él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre”.
Esto es lo que crees, Iglesia de Cristo, y en esto es en lo que serás tentada.
Recuerda las palabras que el tentador dice a Jesús en el desierto: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Recuerda también las que le dicen a tu Señor, al que es tu cabeza, quienes pasaban cerca de él en la hora tenebrosa de su pasión: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”. Si eres Hijo de Dios, niega tu condición de Hijo del hombre. Puesto que eres grande, anula los límites de tu pequeñez. Ya que eres fuerte, anula tu debilidad.
No separes, Iglesia de Cristo, tu pequeñez de su grandeza, pues él no separa su grandeza de tu pequeñez. Tu Señor abrazó tu condición y bajó contigo hasta tu muerte, hasta tu cruz. Tu Señor baja contigo, con tus hijos, con tus pobres, a las filas de los que no encuentran trabajo, a los cartones de los que no tienen hogar, a los caminos del emigrante, a la clandestinidad del que no es rentable, a las pateras de los que nunca llegan a destino. Tu Señor baja contigo al lecho de tu enfermedad, al de tu agonía, al de tu muerte. Tu Señor baja contigo, en tus hijos, en tus pobres, a los caminos que recorres humillada, despreciada, ultrajada, crucificada.
Ama esa pequeñez que Cristo hizo suya, y agradece la plenitud que de Cristo has recibido. Clama en tu dolor, pues es dolor verdadero; pero no olvides orar por quienes te hacen sufrir, e invocar sobre ellos la gracia del perdón.

Ésta es tu procesión:
“Recordando con fe y devoción la entrada triunfal de Jesucristo en la Ciudad Santa, le acompañaremos con nuestros cantos, para que participando ahora de su cruz, merezcamos un día tener parte en su resurrección”.
Hoy acompañamos a Cristo y lo aclamamos, no tanto por la resurrección que esperamos se manifieste un día en nuestra mortalidad, cuanto por la certeza de que el Rey ya ha venido humilde a la tierra de nuestra debilidad. No te alegras por lo que en Cristo aún esperas alcanzar, sino por lo que ya en él has recibido.
Hoy, mientras con palabras de evangelio recuerdas a tu Rey que viene a ti, humilde, ves en él a tus hijos, ves en él a tus pobres. Y si vuelves los ojos a tus hijos, a tus pobres, ves en ellos el rostro de tu Señor. Alégrate y goza, Iglesia cuerpo de Cristo, pues sabes que ya no recibirás pobres sin que en ellos te visite tu Rey, y no recibirás al Rey sin que venga con él su cortejo de pobres.
No temas a los que intenten parodiar tu camino. “No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más”. Si conociesen al Señor, también ellos vendrían a caminar contigo. Ámalos. Tal vez un día los veas agitar a tu lado el ramo de la alegría y del agradecimiento.

Ésta es tu Eucaristía:
La fe te dice quién viene a ti en la Eucaristía que celebras: Viene el Señor; escuchas su palabra, comulgas su Cuerpo y su Sangre.
Recuerda, Iglesia de Cristo, las palabras que hablan de tu unión con él: “Ya no son dos, sino una sola carne”. Proclama de nuevo las palabras del profeta: “Decid a la hija de Sión: Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde”. Viene humilde en su palabra y en su pan; viene y se te ofrece para ser tuyo, como son tuyos las palabras que escuchas y el pan con que te alimentas; viene y se queda en tu pequeñez, en tus hijos, en tus pobres; tu Rey irá contigo “en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad”, irá siempre contigo, porque “ya no sois dos, sino una sola carne”.
La Eucaristía que celebras es sacramento de amor extremo, del amor con que el Hijo de Dios vino a ti, del infinito amor con que, despojado de su rango, ceñida la toalla de la condición humana, te lavó los pies para que tuvieras parte con él.
Reconoce en la diversidad de los signos la unidad del misterio que se te revela. El que se entregó a ti cuando te dijo: “Tomad, esto es mi cuerpo”,  se te entregó de manera semejante cuando se arrodilló a tus pies para lavarte. El que partió para ti el pan con que te alimenta, él mismo es la fuente de la que brota el agua con que te purifica.
En tu Eucaristía, como en tu procesión, agradeces lo que ya has recibido de tu Señor, te asombras de reconocerle unido a ti para siempre en tu humanidad, de saberte unida a él en su divinidad, y aprendes a vivir del amor que has conocido.

Éste es tu canto:
Podemos aclamar a Jesús, acompañándolo como la multitud que subía con él a Jerusalén. El canto nace de la fe que permite reconocer en Jesús al Rey que, humilde, viene a ti.
Proclamando, con ramos de palmas: ¡Hosanna en el cielo!, podemos profetizar con los niños hebreos la resurrección del Señor. El canto anuncia lo que la multitud aún no podía conocer, y anticipa, en la alegría de los niños, la alegría de los fieles por Cristo resucitado.
Con la Virgen María, podemos proclamar la grandeza de Dios, porque en el Rey que a nosotros viene humilde, el Señor ha mirado nuestra humillación e hizo maravillas en sus pobres.
Jesús, la Iglesia, los pobres, van camino de la Pascua.
Mientras dure la noche, caminemos a la luz del amor.

Tánger, 14 de abril de 2011.


┼ Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger


jueves, 14 de abril de 2011

Viernes Santo

No te bajes de la cruz.

          Según el relato evangélico, los q pasaban ante Jesús crucificado se burlaban de él y, riéndose de su sufrimiento, le hacían 2 sugerencias sarcásticas: Si eres Hijo de Dios, «sálvate a ti mismo» y «bájate de la cruz». Ésa es exactamente nuestra reacción ante el sufrimiento: salvarnos a nosotros mismos, pensar sólo en nuestro bienestar y, por consiguiente, evitar la cruz, pasarnos la vida sorteando todo lo que nos puede hacer sufrir. ¿Será Dios así? ¿Alguien que sólo piensa en sí mismo y en su felicidad? Jesús no responde a la provocación de los que se burlan de él. No pronuncia palabra alguna. No es el momento de dar explicaciones. Su respuesta es el silencio. Un silencio que es respeto a quienes lo desprecian, comprensión de su ceguera y, sobre todo, compasión y amor. Jesús sólo rompe su silencio para dirigirse a Dios con un grito desgarrador: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? No le pide que lo salve bajándolo de la cruz. Sólo que no se oculte, ni lo abandone en este momento de muerte y sufrimiento extremo. Y Dios, su Padre, permanece, en silencio. Sólo escuchando hasta el fondo ese silencio de Dios, descubrimos algo de su misterio. Dios no es un ser poderoso y triunfante, tranquilo y feliz, ajeno al sufrimiento humano, sino un Dios callado, impotente y humillado, que sufre con nosotros el dolor, la oscuridad y hasta la misma muerte. Por eso, al contemplar al crucificado, nuestra reacción no es de burla o desprecio, sino de oración confiada y agradecida: “No te bajes de la cruz. No nos dejes solos en nuestra aflicción. ¿Para que nos serviría un Dios que no conociera nuestra cruz? ¿Quién nos podría entender?” ¿En quién podrían esperar los torturados de tantas cárceles secretas? ¿Dónde podrían poner su esperanza tantas mujeres humilladas y violentadas sin defensa alguna? ¿A que se agarrarían los enfermos crónicos y los moribundos? ¿Quién podría ofrecer consuelo a las víctimas de tantas guerras, terrorismos, hambres y miserias? No. No te bajes de la cruz pues si no te sentimos «crucificado» junto a nosotros, nos veremos más «perdidos». Pagola.

Escándalo y locura.

         Los primeros cristianos lo sabían. Su fe en un Dios crucificado sólo podía ser considerada como un escándalo y una locura. ¿A quién se le había ocurrido decir algo tan absurdo y horrendo de Dios? Nunca religión alguna se ha atrevido a confesar algo semejante. Ciertamente, lo primero que todos descubrimos en el crucificado del Gólgota, torturado injustamente hasta la muerte por las autoridades religiosas y el poder político, es la fuerza destructora del mal, la crueldad del odio y el fanatismo de la mentira. Pero ahí precisamente, en esa víctima inocente, los seguidores de Jesús vemos a Dios identificado con todas las víctimas de todos los tiempos. Despojado de todo poder dominador, de toda belleza estética, de todo éxito político y toda aureola religiosa, Dios se nos revela, en lo más puro e insondable de su misterio, como amor y sólo amor. No existe ni existirá nunca un Dios frío, apático e indiferente. Sólo un Dios que padece con nosotros, sufre nuestros sufrimientos y muere nuestra muerte. Este Dios crucificado no es un Dios poderoso y controlador, que trata de someter a sus hijos e hijas buscando siempre su gloria y honor. Es un Dios humilde y paciente, que respeta hasta el final la libertad del ser humano, aunque nosotros abusemos una y otra vez de su amor. Prefiere ser víctima de sus criaturas antes que verdugo. Este Dios crucificado no es el Dios justiciero, resentido y vengativo que todavía sigue turbando la conciencia de no pocos creyentes. Desde la cruz, Dios no responde al mal con el mal. "En Cristo está Dios, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino reconciliando al mundo consigo". Mientras nosotros hablamos de méritos, culpas o derechos adquiridos, Dios nos está acogiendo a todos con su amor insondable y su perdón. Este Dios crucificado se revela hoy en todas las víctimas inocentes. Está en la cruz del Calvario y está en todas las cruces donde sufren y mueren los más inocentes: los niños hambrientos y las mujeres maltratadas, los torturados por los verdugos del poder, los explotados por nuestro bienestar, los olvidados por nuestra religión. Los cristianos seguimos celebrando al Dios crucificado, para no olvidar nunca el "amor loco" de Dios a la humanidad y para mantener vivo el recuerdo de todos los crucificados. Es un escándalo y una locura. Sin embargo, para quienes seguimos a Jesús y creemos en el misterio redentor que se encierra en su muerte, es la fuerza que sostiene nuestra esperanza y nuestra lucha por un mundo más humano. Pagola.

POEMA

Aquel que no era nada más que de Dios Palabra
fue nada menos que Dios callando en un madero:

Entre sus manos, impedidas para abrazar por los dos clavos,
se acunaron los sufrimientos más amargos de este mundo.

En sus ojos, emborronados para mirar por sudor y sangre,
se vertieron las lágrimas más inocentes de esta tierra.

De su boca, desencajada para perdonar por bofetadas,
se escaparon las palabras más tiernas de esta historia.

Por sus entrañas, desgarradas para amar por una lanza,
se pasearon los sentimientos más puros de esta humanidad.

Aquel que no era nada más que de Dios Amor
fue nada menos que Dios amando en el madero.